El ruido que llevamos dentro

Qué difícil se nos hace estar con nosotros mismos.

En tiempos donde la hiperconectividad nos lleva puestos, frenar a escucharnos, bancarnos ese momento con nosotros, se vuelve tan complicado como necesario.

El silencio.
Ese momento en donde “nada pasa”, en donde nos sentimos expuestos, incómodos.

Necesitamos una actividad, por más chica que sea, para transitar esos momentos.
Para no escucharnos. Para no frenar.

Caminamos por la calle escuchando música.
Vamos en el transporte con el celular en la mano.
Leyendo, viendo redes, jugando.

Cualquier cosa es mejor que estar en silencio con nosotros mismos.

¿Por qué?

En parte, creo, porque nos enseñaron que estar solo es un fracaso.
¿Cuántas veces nos miraron con cara de “pena” cuando decimos que viajamos solos, que salimos a cenar solos?
O no tanto de pena, pero sí de asombro. De “wow, te animaste”.

Vivimos en una sociedad en donde estar solo está mal visto.
Es sinónimo de tristeza, de angustia.
Y eso aprendimos. Eso nos pasa.

Si estamos solos, necesitamos conectar con otra cosa, porque viene la ansiedad.
Viene la mente que nos juzga, que nos remarca todo el tiempo que estamos solos.
Que la gente nos está mirando.
Que somos el centro de atención.

O, sencillamente, no lo hacemos porque nos aburrimos.
Porque no sabríamos qué hacer en esos momentos.

Porque, ¿con quién compartimos lo que estamos viviendo?
¿Con quién comentamos lo que pasa?
¿Cómo llenamos esos espacios que solemos transitar acompañados, pero ahora son solo con nosotros mismos?
¿A quién miro?
¿Con quién hablo?

Y sí, hay personas que disfrutan de su soledad y esto les parecerá extraño.
Hay otras a las que simplemente les gusta compartir y prefieren esperar a poder concretar con un otro para hacerlo.

Pero también están las que, aun teniendo amigos, familia, pareja, se ven obligadas -o eligen- animarse.
Porque les gusta la idea de salir solo.

Pero hacerlo implica enfrentarse a esos fantasmas.
Fantasmas que nos ponen cara a cara con nuestro propio ser.
Con esa persona, en parte desconocida, que somos nosotros mismos.

Porque, ¿por qué aburrirnos y escuchar nuestra propia voz cuando podemos callarla con el afuera?

Y, sin embargo, a veces pasa algo distinto.
No siempre. No de golpe.

A veces, cuando uno se queda un poco más en ese silencio que incomoda,
cuando no lo tapa enseguida con ruido, con pantallas, con gente, con movimiento,
aparece otra cosa.

No es espectacular.
No es una revelación.
Es más bien un espacio.

Un espacio para escucharse.
Para que los pensamientos bajen el volumen.
Para empezar a distinguir qué es propio y qué viene de afuera.

En el silencio, en el momento con nosotros, es donde podemos escucharnos.
Aclarar los pensamientos.
Darnos cuenta de lo que queremos, de lo que nos gusta, de quiénes somos.
Quiénes somos sin los condicionamientos externos.

En el silencio está la paz.
Incluso en medio de la ciudad.

El silencio, y su falta de estímulos externos, viene al principio acompañado de aburrimiento.
Un aburrimiento que pesa, pero que es necesario para volver a conectar con una parte nuestra más creativa.
Más tranquila. Más liviana.

Es ahí donde podemos darnos cuenta, de verdad, si estamos donde queremos estar.

Eso, claramente, viene de la mano de enfrentarnos a nosotros mismos.

De ponernos en situaciones de incomodidad para movernos.

La pregunta es:

¿Estamos dispuestos?
¿Somos conscientes y preferimos esquivarlo en la hiperconectividad?
¿O llegamos a un punto en donde ya no logramos identificarlo y vivimos a ritmos que ni entendemos?

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