Hay algo que no termino de entender

 Hay algo que no termino de entender.

La referencia la tengo en mujeres; no sé si porque es algo que nos pasa especialmente a nosotras o porque con quienes más me vinculo y tengo este tipo de charlas son mujeres.

Es esa dependencia mental con un otro.

Estás empezando a conocer a alguien, pero recién.
Lo viste una vez, hablaste unas pocas veces por mensajes. Vos sabés, conscientemente, que ni idea: que todo va a ir fluyendo, que quizás lo veas más, quizás quede ahí. Que tu vida está armada, que va a seguir, que no todo gira ni depende de esa persona que no conocés, que acaba de aparecer en tu vida.

Pero hay algo.

Hay algo que hace que tu mente esté ahí todo el tiempo. Que ya estés planificando cuándo volver a verlo, qué plan hacer, qué cita rendiría, qué le dirías, qué conversaciones. Todo.

De repente, un completo desconocido pasa a ser el centro de nuestro cerebro y de nuestros planes, cuando somos mujeres completamente independientes, con actividades, proyectos y vida propia.

¿Lo peor?
Que incluso cuando se lo comentamos a nuestras amigas más íntimas, lo contamos excusándonos:
“igual ni lo conozco”, “si nos vemos bien y si no, yo tengo mi vida”.

Pero la realidad es otra.

Leyendo o escuchando esas frases en contexto, te das cuenta de que hay un esfuerzo por convencerse de eso. Por hacerlo verdad. Cuando en realidad importa. Cuando gustaría que fluya, verlo, y que las cosas salgan como las está planeando la mente.

Aun cuando ni siquiera sabemos si esa persona nos gusta. Si queremos compartir con ella.
Hay algo que va más allá de la persona en sí.

Deja de ser importante el otro como ser, y pasan a primer plano las ganas de.
Ganas de compartir. De sentirse amada, necesitada, escuchada. De coger. De tener un otro. De sentirse deseada. De un par. De una idea de proyecto de futuro.

Hay tanta falta de eso que, a pesar de haber armado y preparado nuestras vidas para ser felices desde nosotras, cuando aparece la remota chance de ese ideal de pareja, todo tambalea.

Nos vamos corriendo, de a poco, de nuestro centro. Empezamos a funcionar alrededor de un otro que todavía no conocemos.

Y ahí aparece el primer gran problema:
¿podemos discernir realmente si ese otro nos gusta?
¿es la persona que estamos buscando?
¿nos genera de verdad lo que creemos sentir?
¿o es simplemente más fuerte la idealización de tener un otro?

La proyección de las ganas y la necesidad de vincularnos.

Sobre todo en tiempos donde, por todos lados, nos muestran dos escenarios extremos:
o es imposible conocer gente, tener pareja, proyectar con alguien,
o existen las historias de amor de película, con viajes, regalos, momentos espectaculares, familias perfectas y cero trabajo. Solo amor.

¿Cómo lograr, en medio de estos escenarios, calmar las ansiedades?
¿Cómo darnos cuenta de que no es ni uno ni el otro?
Que es la vida misma. Que hay que bajar las expectativas del amor romántico, mirarlo con más objetividad y, a la vez, entender que no estamos todos mal.

Que hay vínculos que se pueden formar. Que hay personas interesantes. Que hay ganas de encontrarse, de conocerse.

¿Cómo hacer para que ese “conocer” sea sincero, real, auténtico, a su tiempo?
Sin justificarnos. Sin prepararnos para lo peor.

Cuánto miedo a fallar.
Cuánto miedo a que nos lastimen.
Cuánto miedo a quedarnos solos.

Incluso en las mujeres más trabajadas, adultas e independientes, esto aparece.

No a todas de la misma manera, claro.
Pero en el fondo siento que todo responde al mismo miedo y a la misma necesidad:
sentirnos parte de un proyecto, sentirnos amadas y poder amar.


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