Puertas para adentro

Sobre la vulnerabilidad y el miedo a dejarse ver

 ¿Cómo abrirse a mostrarse vulnerable?

¿Cómo permitirse ser quien verdaderamente sos?

¿Quién sos realmente?

Son preguntas que, de una forma u otra, atraviesan a muchos de nosotros en algún momento de la vida.

Después de años de intentar “construir una mejor versión”, de trabajar en uno mismo, de analizarse, suele aparecer una sensación extraña: estar bien con quien se es y, a la vez, darnos cuenta de que armamos una identidad fuerte, autosuficiente, capaz de sostenerlo todo.

Y sí, hay algo real en eso. Muchos de nosotros podemos con nuestra vida, resolvemos, trabajamos, nos caemos y nos volvemos a levantar las veces que haga falta.
Pero también hay algo que queda más escondido: la parte sensible, emocional, frágil.

Esa parte que muchas veces queda puertas para adentro.

Es más fácil ser quien escucha, quien aconseja, quien está para los demás. Quien sostiene
Y nunca mostrar el lugar propio de necesidad. Las ganas de que alguien cuide, mire, acompañe.

La palabra que suele aparecer ahí es vulnerabilidad.
Mostrar que no se es perfecto. Que se es sensible. Que se tienen luces y sombras. Que se es humano. Que se necesitan otros.

Aceptar eso no quiere decir “no poder solo”.
Quiere decir permitir que alguien más vea lo que normalmente se esconde.

Porque tampoco se trata de estar en carne viva todo el tiempo. Pero hay momentos, personas y circunstancias en los que sí.
Y es ahí donde los vínculos -sociales, familiares, románticos- se vuelven reales: cuando aparecen desde el ser y no solo desde el rol.

A veces la vida encuentra formas inesperadas de poner estas cosas frente a los ojos. No como grandes crisis, sino como escenas pequeñas, cotidianas, casi insignificantes.

Por ejemplo, algo tan simple como bailar con un desconocido.

Estar frente a alguien, moverse, coordinar, compartir un ritmo. Y darse cuenta de que mirar a los ojos cuesta.
No por vergüenza técnica, ni por miedo al error, sino por lo que la mirada implica: ver al otro y dejarse ver.

Porque en la mirada hay reconocimiento. Presencia. Exposición.

Y eso asusta.

Asusta dejar salir la sensibilidad. Asusta la posibilidad de sentir más de lo que se puede controlar.
Porque la sensibilidad vuelve frágil, vuelve sincero, vuelve abierto.

Quizás por eso muchos de nosotros buscamos espacios donde soltar de a poco.
Bailando. Escribiendo. Hablando.

Lugares donde la vulnerabilidad no aparece de golpe, sino en pequeñas dosis.
Donde se puede empezar a conocer al otro, y a uno mismo, desde un lugar más real, más simple, más honesto.

Entonces la pregunta vuelve, sin una respuesta clara:
¿Cómo abrirse a mostrarse vulnerable?

Tal vez no haya una fórmula.
Tal vez sea más bien un proceso.


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