La adicción de estar presentes
Las redes sociales.
Esa adicción que nos hace estar todo el tiempo con el celular en la mano, atentos a las notificaciones y a todo lo que pasa, al punto de muchas veces no darnos cuenta de que lo estamos haciendo.
Somos, en cierta forma, ratas de laboratorio.
Recién ahora estamos empezando a ver qué nos pasa con el consumo de las redes. Cómo nos afecta a largo plazo.
Lo que sí ya estamos viviendo y sintiendo es el estrés, la ansiedad, la depresión y la soledad que nos generan.
Nos demos cuenta o no, todos los que usamos redes estamos condicionados, consciente o inconscientemente.
Anhelamos vidas que no tenemos. Necesitamos estar presentes en la virtualidad ya sea para postear sobre nosotros o para mirar a esos “referentes” que tienen vidas a las que aspiramos, aunque muchas sepamos que muchas veces son ficticias.
Y, aun así, las deseamos.
Y, aun así, nos frustramos.
No es que las redes sean malas. Es que tenemos que aprender cómo y cuándo usarlas.
Cómo sacarles lo mejor que tienen sin perder nuestra salud mental en el camino.
Porque son una droga. Literal.
La dopamina que generan cuando tenemos una respuesta positiva a algo que posteamos hace que queramos postear más y más seguido.
Y esos “likes” van moldeando qué subimos, qué mostramos.
De repente, ese yo virtual se empieza a confundir con el yo real.
Entonces:
¿Estamos viviendo la vida que nos gusta?
¿O estamos condicionados por el afuera?
¿Por lo que a los otros les gusta de nosotros?
¿Disfrutamos los momentos?
¿Vivimos el presente?
Cada vez que viajamos, salimos a comer, nos juntamos con amigos o caminamos por la calle, sacamos el celular.
Una foto.
Un video.
Grabamos lo que está pasando para después subirlo a las redes, si no es que lo subimos en el mismo momento.
El otro día leí un estudio que decía que eso hace que guardemos menos recuerdos en la mente, porque estamos menos presentes en el momento.
¿Por qué hacemos eso? No lo sé.
Es algo a lo que las redes nos llevaron. A esa necesidad de vivir más para el afuera que para nosotros mismos.
El problema es que ahora cambiarlo es más difícil.
Se necesita muchísima fuerza de voluntad, porque dejar el celular genera algo parecido a la abstinencia.
Hay algo mecánico que pasa en el cuerpo, que solo busca el celular para abrir las aplicaciones.
Ansiedad. Depresión. Soledad. Angustia.
En mayor o menor medida, a todos nos atraviesan.
Y, si soltamos, si frenamos, nos damos cuenta de que vivimos a una velocidad que no siempre es la nuestra.
Que estamos todo el tiempo corriendo, tratando de llegar a objetivos sin disfrutar el proceso.
Porque no hay tiempo. Porque todo es para ayer.
Y, sin embargo, hay personas que no tienen redes.
Que no las eligen.
Y sí, cuando conocés a alguien que no tiene Instagram pensás: “raro”.
Hasta un poco de desconfianza genera.
Después te das cuenta de que vive más en el presente.
Que charla con sus amigos cara a cara, con una comida o un vino de por medio.
Que tiene menos ansiedad, menos ruido en la cabeza.
No es perfecto.
Tiene sus mambos, pero los atraviesa de otra manera.
Entonces, ¿la solución es no tener redes?
No lo creo.
Existen. Están. Y son útiles.
Creo que la solución empieza por ser conscientes de cómo nos afectan, a nivel personal y social.
De lo metidas que están en nuestras vidas.
De cómo, muchas veces, terminan marcando el ritmo.
Y, a partir de ahí, sí: empezar a usarlas con más conciencia.
Sabiendo para qué. Y en qué momento.
Controlándolas nosotros, y no al revés.
¿Fácil? Para nada.
¿Necesario? Totalmente.
Yo empecé a hacer ese “detox”.
Lo primero que noté es que cuanto más tiempo pasaba en el celular, más ansiedad tenía en el día a día.
Me cuesta.
Me sigue costando soltarlas.
Hay días que lo logro más que otros, pero volví a leer, a ver películas, a charlar con profundidad, a disfrutar los paseos.
A veces vuelve esa necesidad de agarrar el celular.
Pero cada vez más disfruto esos momentos sin pantalla.
Y, cuando las uso, elijo para qué y qué ver.
O, al menos, lo intento.
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