Soltar el control
Soltar. Apagar la cabeza. Confiar en el proceso.
Esa maldita necesidad que tenemos de controlar todo.
Cada cosa, cada paso, cada etapa de la vida, en todos los sentidos.
Esa parte controladora que aparece y busca estar todo el tiempo diagramando, necesitando que todo salga según lo planeado.
Y lo planeado tiene varios escenarios, no solo uno.
Pero no importa, porque nosotros también, en nuestra mente, tenemos todos esos escenarios posibles desarrollados y sabemos qué y cómo desenvolvernos dependiendo de cuál sea el que pase.
¿Y qué pasa?
No pasa ninguno de esos.
Porque así es la vida.
De eso se encarga: de demostrarnos todo el tiempo que no tenemos el control. Que no decidimos.
Con esto no digo que no podamos hacer nada, que estemos atados a nuestro destino. Para nada.
Lo que digo es que sí: todos tenemos proyectos, metas, deseos. Laborales, vinculares, familiares, personales. De la índole que sean. Y así debe ser, porque de eso se trata vivir.
Y a esos proyectos o deseos hay que accionarlos, hay que hacer para ir en busca de ellos, lógico.
Ahora bien, una cosa es hacer y otra muy distinta es querer controlar el cuándo y de qué manera van a pasar todas las cosas hasta que eso se realice.
Es no poder sostener el proceso.
No disfrutar del mientras tanto, del aprendizaje, del conocerse, de lo que sea que comprometa a ese proyecto.
Estamos todo el tiempo en estado de alerta y, a la vez, ansiosos y frustrados porque sí: nada sale como lo planeamos, las cosas tardan más tiempo de lo que queremos.
Y todo eso está bien.
Porque los cambios pueden ser para mejor, para escenarios que ni habíamos contemplado.
Y los tiempos son los que corresponden para que estemos listos al lograrlo. Para que hayamos aprendido, practicado o conocido todo lo necesario para, una vez conseguido, disfrutarlo.
El problema, como en la mayoría de las cosas, es la actualidad.
La vida que nos lleva a vivir en veinte segundos.
Que cada vez todo es más corto, más conciso, más rápido.
Los logros también.
El éxito está “al alcance de la mano” y, si no lo tenemos o tardamos, es porque hay algo mal, porque en algo somos malos.
Cuando, en verdad, cada proceso es único.
Lo sabemos.
Pero a la hora de vivirlo se vuelve complicado llevarlo a la práctica.
Porque corremos.
Porque internamente estamos en estado de estrés y alerta todo el tiempo.
Porque queremos lograr nuestros objetivos para así, al fin, sentirnos llenos, plenos y orgullosos de nosotros.
Pero no pasa.
Porque cuando llegamos no se siente bien.
O no llegamos a lo deseado, a esos escenarios que habíamos armado.
Cuando “llegamos”, estamos agotados, con la cabeza quemada de tanta ansiedad, y de lo único que nos damos cuenta es de que nos olvidamos de vivir y disfrutar todo el camino.
O peor aún: cuando llegamos ya estamos pensando en el próximo y ni siquiera nos detenemos a reconocer los sueños que vamos cumpliendo.
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